Nikola Tesla, creador de futuro

Pedro Gómez-Romero

Líder del NEO-Energy Group y Profesor del CSIC, Catalan Institute of Nanoscience and Nanotechnology

Cuando Nikola Tesla desembarcó en Nueva York el 6 de junio de 1884, Manhattan ya era una gran urbe, aunque el oeste americano seguía siendo salvaje; y la bombilla incandescente ya se había inventado pero todas las casas se iluminaban con quinqués. Tesla llegó prácticamente con lo puesto, después de una aciaga travesía atlántica y se reunió enseguida con Thomas Alva Edison, para quien había acordado trabajar.

Nikola Tesla había nacido en Smiljan, el 10 de julio de 1856. Nació por tanto en pleno siglo XIX y en los confines del Imperio  Austrohúngaro. Cuando ochenta  y seis años después murió en Nueva York en pleno siglo XX el mundo había cambiado enormemente. Y él había tenido mucho que ver en ese cambio. Hoy Smiljan forma parte del territorio de Croacia, aunque el propio Tesla y su familia eran de origen serbio. Un caso perfecto para que naciones antagonistas se puedan apropiar del legado del genio a quien en su día todos ignoraron. Tesla también viajó, trabajó y estudio en ciudades como Gratz , Praga o Budapest , aunque de ningún modo de manera convencional. A pesar de su contrastada aptitud para la física y las matemáticas, la vida le fue llevando por caminos aleja- dos del mundo académico y eligió trabajar con las manos pero usando la cabeza en las máquinas eléctricas de la época. Ya como competente e innovador ingeniero de éxito, Tesla se trasladó a Paris en 1882, para trabajar en la Continental Edison Company, que se había instalado poco antes en esa ciudad. Para entonces, Tesla ya había concebido la solución a su personal dilema con las dinamos mediante el uso de corriente alterna polifásica. Había sido en Praga, paseando por el parque al atardecer.

Teslathinker

Nikola Tesla, con el libro de Ruđer Bošković Theoria Philosophiae Naturalis, frente a la espiral de la bobina de su transformador de alto voltaje en East Houston Street, Nueva York

En un destello de iluminación había tenido una de sus más intensas visiones, inspirado por un sol rojo intenso en forma de gigante vórtice magnético. Tesla vio en su mente cómo crear un campo magnético giratorio con, digamos, dos bobinas separadas perpendiculares por las que circulaban corrientes alternas exactamente fuera de fase. Él siempre lo había sabido, los conmutadores de las viejas dinamos convencionales de corriente continua no eran necesarios.  Era absurdo tener que cambiar los polos magnéticos   del  rotor mediante escobillas de cobre rozando continuamente sobre el metal. De hecho esa disputa le había costado la enemistad del profesor Poeschl en Graz, donde nunca llegó a acabar la brillante carrera que su genio y su tremenda capacidad de trabajo le auguraban. Después de su visión de aquel motor de inducción, simple y eficientemente movido por un campo magnético giratorio, la mente de Tesla estuvo seducida por la elegancia de la corriente alterna. Sin embargo, nadie parecía ver el potencial de aquellos diseños, ni el alcalde de Estrasburgo cuando Tesla hizo su primera demostración de su motor de inducción ante posible inversores de aquella ciudad, a donde viajó y trabajó para la Continental Company de Edison, ni el propio Edison, cuando pocos años después intentó convencerlo personalmente. En una extraña dicotomía Tesla soñaba en corriente alterna (AC) mientras trabajaba en resolver los problemas cotidianos de la tecnología de corriente continua (DC) imperante en el mundo real. En Estrasburgo remedió los problemas de una planta de generación de energía que la compañía de Edison estaba intentando instalar para la alimentación de la estación de tren de esa ciudad. La corriente continua no se podía transportar grandes distancias sin grandes pérdidas y era por tanto una tecnología que requería la generación local, cercana al punto de consumo.

Cuando Tesla llegó a Nueva York en 1884 le habían robado dinero y equipaje durante su viaje, pero aún conservaba la carta que el gerente de la Edison Continental Co, Charles Batchelor había escrito para Edison. En ella, el hombre que le animó a emprender su aventura americana pudo haber escrito

“He conocido dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es el joven portador de esta carta”

Tesla empezó a trabajar para Edison como ingeniero y lo hizo bien. Tan bien que pronto se vio involucrado en el rediseño y mejora global de los generadores de corriente continua de la compañía de Edison. Pero las desavenencias con éste no tardaron en aparecer. En primer lugar, porque Edison no estaba dispuesto  a dejar de lado su asentada tecnología de corriente continua, su prestigio y sus muchas patentes para hacer sitio a las nuevas ideas y diseños de corriente alterna de aquel recién llegado extranjero. Pero además, Tesla y Edison eran dos caracteres contrapuestos. La ruptura definitiva de su relación iba a llegar por un quítame allá esos cincuenta mil dólares. Se ve que Edison lanzo un reto a Tesla en tono de apuesta, desafiándole a mejorar sus generadores de corriente continua. Cuando Tesla consiguió con su buena dosis de trabajo concienzudo mejorar el diseño técnico y la eficiencia de aquellas viejas dinamos más allá de lo que Edison hubiera podido esperar, resultó que los 50,000 dólares que Edison había mencionado no eran sino una broma. Según parece, Tesla no entendía en absoluto el sentido del humor de los norteamericanos.

“Tesla creó el futuro en 1900 y también el futuro del siglo XXI”

Lo cierto es que, a pesar de acabar viviendo en los Estados Unidos los últimos cincuenta y nueve años de su vida, es probable que efectivamente Tesla no llegara nunca a comprender a los norteamericanos; ni su sentido del humor ni su sentido de los negocios. Porque cuando por fin dejó de trabajar para Edison y fundó por primera vez su propia compañía en diciembre de 1884 (Tesla Electric Light and Manufacturing Company), su buena estrella no le duró ni un año.  Los inversores de su compañía lo financiaron para que desarrollara un sistema mejorado de iluminación por arco eléctrico, y así lo hizo. Pero lo descabalgaron de su nueva compañía ante su insistencia en la fabricación de motores de co- rriente alterna. Para el pobre Tesla aquel episodio y los dos años que siguieron fueron un amargo infierno. Con tan solo unos títulos sin ningún valor en su poder y habiendo perdido incluso el control de sus primeras patentes, se vio obligado a trabajar como obrero, cavando zanjas incluso, para reunir dinero para su próximo proyecto.

Tesla encontró una segunda oportunidad para fundar su Tesla Electric Company y construir su sueño cuando le presentaron a las personas adecuadas. O quizá fue cuando se le ocurrió una adecuada demostración del poder de sus máquinas de AC. o probablemente una combinación de ambas cosas. Lo cierto es que el director de la Western Union, Alfred S. Brown, y el abogado Charles F. Peck quedaron cautivados por la silenciosa elegancia y eficiencia de la demostración de cómo poner de pie un huevo de cobre (el huevo de Colón lo llamó) con una corriente alterna polifásica, por supuesto. El huevo giraba como el rotor de un motor mientras se mantenía en pie gracias al campo magnético giratorio. Tras aquella cautivadora demostración, Brown y Tesla acordaron intercambiar dinero por patentes.

Pero la persona más influyente para potenciar el desarrollo del genio de Tesla estaba todavía por cruzarse en su camino. Fue en el año 1888. El 16 de Mayo de ese año Tesla había presentado ante el American Institute of Electrical Engi- neers (hoy IEEE) una comunicación sobre “A new system on alternate-current motors and transformers” y su trabajo llegó a oídos del ingeniero y empresario George Westinghouse que acabó negociando con Brown y Peck la licencia de los diseños del motor de inducción y transformador de Tesla. Westinghouse era un reputado ingeniero e inventor pero a diferencia de Tesla, era también un avezado empresario y estaba interesado precisamente en patentes de tecnologías basadas en corriente alterna. Porque, obviamente, la corriente alterna no la había inventado Tesla, ni tampoco Westinghouse, Numerosos pioneros habían sentado las bases con anterioridad desde 1832. Pero la alianza entre Tesla y Westinghouse iba a ser duradera e iba a hacer posible el reinado de la corriente alterna.

Cuando en 1888 Tesla vendió sus patentes de sistemas AC polifásicos a Westinghouse por una buena suma en efectivo, una buena cantidad de acciones y unos royalties de 2.50 dólares por caballo de vapor vendido, la corriente continua llevaba ventaja gracias al desarrollo de partida por parte de Edison. Las calles más céntricas de nueva York ya lucían de noche gracias a la electricidad DC. Pero esta tecnología también adolecía de grandes problemas. El principal era que con los conocimientos de la época no era factible transformar la electri- cidad DC a alto voltaje y la generación debía ser cercana al consumo para evitar las grandes pérdidas que sufría con el transporte a baja tensión. Las calles de Nueva York iluminadas requerían una pequeña central generadora allí mismo, que cubría una zona de acción de unos 800 metros. Esta característica no debió de ser un problema para Edison. Al fin y al cabo, cuantas más centrales generadoras fuesen necesarias mejor le iría el negocio. Pero cuando la nueva compañía de Westinghouse con Tesla como consultor de lujo demostró que era capaz de alimentar una ciudad entera con una planta de generación más grande y remota, el cambio de DC a AC era sólo cuestión de tiempo. La clave era la transformación, relativamente fácil, de la corriente alterna entre baja y alta tensión con la tecnología de Tesla y las pérdidas relativamente bajas (en torno a un 7%) en el transporte a alta tensión.

Sin embargo, Edison no iba a rendirse sin presentar batalla. En aquellos años se desató una verdadera guerra con desorbitados intereses en juego que ha pasado a la historia de nuestra evolución tecnológica como “guerra de las corrientes”. Se habían dado diversos accidentes, incluso con resultado de muerte, con corrientes de alta tensión y Edison estaba dispuesto a mostrar la corriente AC como mucho más peligrosa que la DC. Puedes llamarlo marketing, o puedes llamarlo juego sucio, pero los compinches [1] de Edison y en particular su aliado  H.P. Brown llegaron a electrocutar diversos animales en su afán por llegar a demostrar que la corriente AC era peligrosa. Tristemente, el único apoyo que Edison brindó a la corriente alterna fue para su empleo en una silla eléctrica que sirvió para electrocutar al asesino convicto William Kemmler, quien tuvo el dudoso honor de sufrir la primera ejecución en silla eléctrica.

Nikola Tesla en su laboratorio en Colorado Springs hacia 1900.

Nikola Tesla en su laboratorio en Colorado Springs hacia 1900.

A pesar de aquel infausto episodio la corriente AC prevaleció en la guerra de las corrientes y Westinghouse y Tesla medraron sobremanera. En 1893 la Westinghouse Electric ganó el contrato para iluminar la exposición universal de Chicago y se aseguró la construcción de una planta de generación de electricidad en las Cataratas del Niágara que se inauguraría tres años más tarde para abastecer de electricidad a la ciudad de Buffalo a 35 kilómetros. Tanto crecía el mercado de generación, distribución y uso de corriente alterna que quizá la Westinghouse Electric podría haber muerto de éxito. Efectivamente, la generosa cláusula de los 2.50 dólares por caballo de vapor AC vendido pesaba como una losa en los planes estratégicos de la empresa. De hecho, para asegurar la financiación de su empresa, Westinghouse convenció a Tesla para que liberara a la compañía de aquel acuerdo de explotación de las patentes a cambio de comprárselas por una cantidad fija de 216000 dólares. Y Tesla firmó el documento, que tiempo después reconocería como el mayor error de su carrera.

“Experimentó, además de la corriente alterna, con los Rayos X y la telefonía sin hilos”

La guerra de las corrientes fue tan sólo uno de los inverosímiles episodios en  la vida de Nikola Tesla. Y de entre sus innumerables visiones y sueños, sus tecnologías de corriente alterna acabaron siendo algunos de los más sólidamente materializados en nuestra sociedad. Pero no fueron en absoluto los únicos. Tesla experimentó con los Rayos-X, contribuyó enormemente al desarrollo de la “telefonía sin hilos” hasta el punto de que podría considerársele tan padre de la radio como a Marconi, con quien también mantuvo un litigio de patentes, desarrolló dispositivos de radiocontrol remoto, y de la transmisión de información sin hilos pasó a la transmisión de energía sin hilos. Ya había demostrado cómo encender lámparas eléctricas sin conexión física alguna, demostraciones que despertaban el asombro de sus contemporáneos y que le hacían merecedor de un poderoso halo de misterio. Pero sus planes de transmisión inalámbrica de energía iban mucho más allá del espectáculo anecdótico. Con el cambio de siglo Tesla cambió de vida. En 1895, con el incendio de sus laboratorios de la 5ª Avenida de Nueva York había perdido una buena parte de su vida en forma de notas, inventos, datos, modelos, fotografías y planos. Se trasladó a Colorado Springs (CO) para instalar allí sus nuevos laboratorios con sitio para sus experimentos de alto voltaje. La electricidad atmosférica, la generación de relámpagos artificiales, o sus radiorreceptores, con los que apuntó la posibilidad de haber detectado emisiones extraterrestres, ocupaban su tiempo y contribuyeron a su imagen de científico loco y a la creación de un icono admirado por algunos seguidores de lo esotérico.

Pero su gran proyecto iba a ser la Torre de Wardenclyffe, en Shoreham, Nueva York, una superantena de más de 50 metros de altura diseñada para desarrollar la transmisión transatlántica de radio, pero con la que Tesla aspiraba a arrancar una nueva tecnología universal para la transmisión masiva de energía. Llegó a construirla, en 1903, pero no llegó a funcionar. El banquero y financiero J.P. Morgan, el mismo que había financiado a Thomas Edison, le negó repetidamente su financiación, después de que el dinero de su primer crédito se gastara sin los resultados esperados. La Torre de Wardenclyffe fue desmantelada, igual que antes lo había sido el laboratorio de Tesla en Colorado Springs.

En sus últimas décadas, ya en decadencia, Tesla siguió experimentando incansablemente, por ejemplo con el desarrollo de resonadores mecánicos de alta potencia. Y siguió soñando, como siempre había hecho, especulando sobre los efectos beneficiosos de la electricidad sobre el cerebro humano, por ejemplo.

Tesla fue una mente solitaria. Sin medias naranjas, sin contratos matrimoniales ni hijos, con una visión interior de sus diseños electromagnéticos que fluía hasta completarse en su mente, con manías y fobias, con un anhelo utópico por la energía universal. Una mente sin patria y sin hogar, permanente residente en hoteles de lujo, que murió vencida por la miseria física y moral que le rodeaba, en su última residencia neoyorquina, en la habitación 3327 del hotel New Yor ker, en Nueva York, donde había dedicado los últimos tramos de su vida a cuidar a sus queridas palomas.

Tesla murió olvidado por todos aquellos a los que hizo ricos e ignorado por todos los que se beneficiaron de sus tecnologías.

Mientras el ingeniero con nombre de lavadora (o de turbina) que había sido   su aliado en la guerra de las corrientes pasó rápidamente a formar parte de la memoria colectiva del mundo electrificado, el apellido Tesla tuvo que esperar un siglo para que otro visionario lo utilizara como marca de su diseño de coche eléctrico deportivo. Paradójicamente, el Tesla Roadster de Elon Musk, alimentado con la corriente continua de sus baterías, quiere ser un debido homenaje al príncipe de la corriente alterna.

Lo cierto es que después de un siglo de AC, nuestra evolución tecnológica podría dar lugar a una nueva contienda entre AC/DC, aunque en este caso no se vislumbra tan cruda como antaño. Pero nuestras tecnologías cambian y varios de esos cambios apuntan en la misma dirección. Por una parte, actualmente es posible transformar la corriente continua a alta tensión. Por otra parte, el número de dispositivos electrónicos que utilizan DC en casa está empezando a ser algo más que sólo anécdota. Nuestros ordenadores, teléfonos móviles y televisores de pantalla plana usan DC, mientras que los paneles solares fotovoltaicos, que pronto serán inexcusables en nuestros tejados, generan electricidad DC. Si nos sobrase corriente continua después de alimentar con DC nuestra electrónica de consumo podríamos usar las baterías de nuestro coche eléctrico para almacenar el excedente. Asimismo, las redes eléctricas ya no son lo que eran. En los tiempos en que Westinghouse reinó fueron una bendición para alejar  de los núcleos urbanos la distribución y quemado de combustibles fósiles para producir electricidad. Las redes de corriente alterna de alta tensión también permitieron una economía de escala que hizo algo más eficiente el derroche de energía que supone alimentar una bombilla incandescente (10 % de eficiencia) con electricidad procedente de una planta de generación con una eficiencia de un 30%. Pero de un tiempo a esta parte la red eléctrica podría estar pasando de solución a problema con su creciente complejidad, y en el horizonte tecnológico se vislumbra una tendencia hacia el desarrollo de generación y almacenamiento de electricidad de forma distribuida, es decir, no centralizada como hasta ahora.

Nikola Tesla creó el futuro en 1900 y también el futuro del 2000, el futuro de nuestro incipiente siglo XXI.

[1] Thomas Edison llamaba así, a los cerca de cuarenta científicos, inventores e ingenieros que trabajaban para él en sus laboratorios de Menlo Park : “muckers”

 

 

 

 

 

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